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Final feliz para la odisea
suiza en el Nanga
Los tres escaladores llegaron ayer al campo base tras su vivac
al raso durante el descenso de la cima
A las siete de la mañana, el walkie del campo base ponía
en pie a los pocos que todavía no lo estaban.
-«A ver, Marianne [Chapuisat], a ver Marianne, ¿me
escuchas?»
-«Sí, Iván. Cuentanos. Esperamos las noticias».
-«Los suizos están aquí. Cansados y con el
reflejo en el rostro de la noche que han pasado, pero yo les veo
bastante bien».
Las miradas se cruzaron cómplices. La compañera
de André Georges, Rosula, no había vuelto a hablar
con él desde la noche anterior. Y aún tendría
que esperar un poco más. Quien se puso al walkie fue Laurent
Gillioz, 26 años, leñador en los bosques suizos
y que en el Nanga ha logrado su primer 'ochomil'.
-«Estamos bien. Vamos a hidratarnos un poco aquí,
en el C-II, y luego seguimos bajando. De camino tenemos que desmontar
la tienda" (que habían instalado en la base del muro
Kinshofer).
La voz sonaba con la frialdad y el rigor suizo del alpinista
que aún tiene trabajo que hacer, no la de un hombre que
ha pasado la noche al raso, a 6.800 metros de altitud tras 24
horas andando para ascender y descender del Nanga Parbat. Tras
una pequeña discusión, Rosula, consiguió
convencerles para que se olvidaran de la tienda y bajasen lo antes
posible. Seis horas después, la odisea concluía
con su llegada al campo base. El reencuentro entre Rosula y André
Georges quedó para la intimidad del glaciar, hasta donde
se acercó para recibirles.
Noche en vela
Ellos lo habían pasado mal allí arriba, pero ella
había sufrido lo indecible en la soledad y la incertidumbre
del campamento, sólo rodeada de porteadores. Hasta que
Marianne Chapuisat, la miembro suiza de la expedición de
'Al Filo' la rescató de su soledad, y la adoptó
en la carpa de la expedición española. Cuando la
noche se echó sobre la montaña y la situación
de los suizos pasó de difícil a preocupante, sobre
todo al constatar la inexistencia de tienda alguna en el campo
III, el calor del grupo de Edurne Pasaban, y sobre todo de su
compatriota Marianne, le ayudó a pasar su noche más
larga.
Sólo fue interrumpida por una llamada, no prevista, de
walkie a las cuatro de la mañana. Era el ecuatoriano Iván
Vallejo desde el campo II: «Acaba de llegar el porteador
de los suizos. El infiernillo que llevaban no les ha funcionado
arriba y en cuanto ha podido se ha bajado. Me ha dicho que ellos
siguen arriba, están bien y en cuanto empiece a clarear
bajan».
Alí Razá prefirió asumir el riesgo de descender
del C-III al C-II en medio de la oscuridad que el de unas congelaciones
por pasar la noche al raso que hubieran cortado de raíz
sus posibilidades de seguir trabajando en la montaña. Eso
sí, esperó a que a las dos de la madrugada saliese
la luna menguante sobre el Nanga Parbat para que sus sombras le
guiasen por la huella de regreso.
Ya en el campo base, el relato de André y Laurent sonaba
absolutamente habitual, como si vinieran de pasar una jornada
de escalada con un cliente en el Cervino. Georges explicó
su decisión de darse media vuelta ante los problemas gástricos
que tenía y el temor a retrasar al grupo y Gillioz, su
desmoralización ante ese hecho, suplida por el ímpetu
de Alí Razá, sin duda el gran artífice de
la cumbre.
Los suizos aportaron valiosa información al resto de expediciones
sobre el estado de la ruta. Y no hicieron más que confirmar
lo que que desde el campo base se suponía, que «la
montaña aún está muy cargada de nieve en
su parte más alta».
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