BARCELONA. DV. Sara Barrena se encuentra en plena promoción de su libro. De la mano, lleva a Sara Yu Lai, su «princesa venida de la lluvia», una niña de cuatro años y medio, con coletas, que enseguida te cautiva con una irresistible sonrisa oriental para que le leas un cuento. Yu Lai desaparece encantada tras una desconocida que está dispuesta a leérselo. Su madre, entre tanto, va relatando cómo llegó a su vida desde el otro lado del mundo esta criatura de «risa desvergonzada» que tiene a toda una familia donostiarra rendida a sus pies.
'Venida de la lluvia' es el libro que ha escrito Sara Barrena, nacida en San Sebastián en 1971 y doctora en Filosofía por la Universidad de Navarra. En él, explica en primera persona la bella y a la vez larga y dura historia de una adopción internacional; de las más de cinco mil que anualmente se producen en España, el primer país de la UE en adopciones y el segundo del mundo. El título del libro responde a una traducción libre de Yu Lai, el nombre chino de esta niña que algún día querrá leer su propia historia.
-Ocho millones de niños de todo el mundo viven en orfanatos. ¿Esto le llevó a la adopción?
-Al principio, sí. Pero luego aparecen otros motivos. Descubres que es otra manera de ser padre. No hay nada de caridad. Es mucho más lo que me ha aportado mi hija a mí que yo a ella.
-¿Y por qué pensó en China?
-Por casualidad. A mí marido y a mí nos daba igual el país, la raza... La adopción nacional es casi imposible, porque las listas de espera son larguísimas. Y recurrimos a la internacional. Dentro de ésta, en la Diputación nos recomendaron China y aceptamos.
-Pero China exige que los padres tengan al menos 30 años de edad. Y ustedes entonces sólo tenían 28.
-Pensamos cambiar de país, pero los tiempos de espera en otros países también eran larguísimos.
-¿No se animaron a tener un hijo biológico durante la espera?
-No hicimos nada por no tenerlo. Pero no llegó.
-Dice que Yu Lai no fue exactamente abandonada.
-Muchas mujeres viven situaciones terribles en China y yo no me atrevo a juzgarlas. Creo que ellas a su forma intentan dar a sus hijas un futuro mejor. A Sara la dejaron en las oficinas de Asuntos Civiles de Xinhua, que es el organismo que gestiona las adopciones; bien vestida y con una bolsita roja, el color de la buena suerte en China, con una nota que llevaba escrita la fecha de su nacimiento. Tenía tres días de vida.
-¿Cuándo le dará a leer su libro a Sara?
-Cuando considere que está preparada. Pero ella ya sabe que es adoptada. Nosotros le contamos la historia en forma de cuento. Le dijimos que fuimos a buscarla en un avión, porque a ella también le preocupa el tema de la barriga. Dice: 'Tú eres mi mamá, pero yo no he estado en tu tripa'. Y le explicamos que estaba dentro de la barriga de una mamá china que no la pudo cuidar y que la llevó a una especie de colegio. Y que nos llamaron, y que fuimos, muy nerviosos, a por ella. Le encanta conocer los detalles. '¿Y lloraba? ¿Y tomaba el biberón?', pregunta. Lo más difícil para un niño adoptado es asumir que le abandonaron.
-¿El libro también intenta 'contagiar' a otras parejas?
-Sobre todo, ayudar, porque durante el proceso de adopción hay momentos en los que te desesperas. Se te hace larguísimo y tienes miedo a que todo salga mal.
-¿Alguien intentó quitarle la idea de la cabeza?
-Oyes de todo. Hay quien te dice que es malo sacar a estas niñas de su país, que las desarraigas... El mejor argumento contra esos comentarios es mostrar a mi hija: una niña feliz y perfectamente integrada, que sale en la Tamborrada, habla euskera...
-En su libro habla de un embarazo de elefanta.
-Por el tiempo. Nosotros esperamos en total dos años y medio. Pero hay gente que espera más.
-Las pruebas de idoneidad tienen fama de ser muy duras.
-En mi caso, los psicólogos fueron muy respetuosos. En el fondo, quieren ver que tu decisión es firme y no un arrebato pasajero. Pero en otras comunidades he oído casos en los que se meten demasiado en tu vida privada. Creo que habría que simplificar los trámites y dar muchas más facilidades, empezando por España, donde cada comunidad autónoma tiene sus leyes en esta materia y es un caos.
-¿Cómo supo que ya tenía una hija?
-Iba conduciendo de Pamplona a San Sebastián. Llovía a mares. Sonó el móvil. No debería haberlo cogido. Pero vi el prefijo de Bilbao y pensé: '¿Es, es...!' Y era. Nos habían asignado por fin a una niña. Tenía siete meses. Me dieron la fecha de nacimiento y su nombre chino: Xin Yu Lai. Era el 2 de mayo de 2002. Los trámites los habíamos empezado en diciembre de 1999. No he parido nunca biológicamente, pero aquello lo viví como un parto. Y no le digo nada a la mañana siguiente... Al ver la foto, me puse a llorar. Quería correr a China a buscarla. Es algo muy especial.
-¿Se preguntó por qué ese bebe y no otro?
-Te lo preguntas. Dicen que en el 'matching room', la habitación donde unen el expediente de un bebé con el de unos padres adoptivos, tienen en cuenta gustos e incluso fechas comunes. Por ejemplo, si el informe dice que a un bebé le gustan los juguetes musicales, le otorgan un padre músico. No sé si será cierto. En mi caso, no sé por qué nos unieron. Es cierto que ella es una lectora tan voraz como yo, pero es posible que sea porque en casa nos ve leer mucho. Lo curioso es que todos los padres adoptivos que conozco dicen: 'Era la niña perfecta para nosotros'.
-Ir a China a por un hijo es toda una aventura.
-Ahora me río, pero estábamos totalmente de los nervios. Ni siquiera nos atrevimos a coger un avión para volar de San Sebastián a Madrid por miedo a perder el vuelo o a un retraso.
-Le entregaron la niña el día de su llegada, sin tiempo para recuperarse del 'jet lag'.
-Es igual. Si me hubieran dado una noche para dormir la habría pasado en blanco. A las tres estábamos en la habitación y a las seis llegaban las niñas. Pero nadie pudo esperar en su habitación. Los padres y madres fuimos saliendo al pasillo y allí aguantamos la espera; hasta que llegaron.
-¿Reconoció a su hija?
-No. Cuando me la dieron pensé: ¿Qué pequeña!. Me esperaba un bebé más rollizo. Además, estaba llena de granitos.