Este país en los últimos 50 años ha cambiado mucho, el paisaje se ha vuelto irreconocible, en los montes millones de pinos ofrecen un aspecto seco y violento donde antes había un verdor suave y amable.
Los fondos de los valles han sido ocupados por fábricas grises y contaminantes, los rios muertos y encauzados. En muchos pueblos las condiciones de vida son infrahumanas pese al poder adquisitivo de sus habitantes. Las calles estrechas y empinadas, encajonadas en inmensas moles de hormigón con escualidas aceras por donde suben camiones atronadores vomitando humo. La esquizofrenia sufrida por un pueblo que tradicionalmente ha existido en armonía con la tierra es en parte debida a esta invasión industrial, mecanicista que reemplaza a la espiritualidad y a los valores antiguos por un afan desmedido de dominio y posesión.
Apenas quedan bosques en los que el vasco pueda recordar, sentirse vivo, recuperar su equilibrio. Solo las puntas de los pinos por las que parece escapar la energía vital del pueblo y de la tierra.


