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En defensa de Monseñor Munilla
Domingo, 19/12/2010 - 11:41 -

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EN DEFENSA DE MONSEÑOR MUNILLA
NO PODEMOS CALLAR
Es evidente la decadencia de la sociedad actual en materia de fe y valores y nuestra Diócesis no puede ser una excepción pero, desde algún tiempo atrás, venimos soportando un mal añadido: la confusión-división que Vds. se empeñan en fomentar en torno a la figura del señor Obispo. ¿Por qué les resulta tan incómoda esta persona?. Tendrá sus defectos, sin duda, pero también tenemos conocimiento de algunas de sus virtudes que le dignifican y le hacen merecedor de un trato mucho más afable y respetuoso que el que está recibiendo.
Entre otras cosas, se ha dicho que no ha sido elegido por todos. Esta alegación carece de solidez pues tampoco lo fueron los anteriores y, sin embargo, Vds. no manifestaron la más mínima indignación ni sintieron necesidad alguna de publicar sus deficiencias.
En acción coordinada, se ha extendido la resistencia al Sr. Obispo de Bilbao, advirtiéndole de la posibilidad de no cooperar con él. Con un brillante y envidiable “curriculum vitae”, ¿Desconocerá las directrices del Concilio o será también incapaz de aplicarlas correctamente al servicio del Evangelio?. ¿Quiénes están equivocados?.
No tenemos noticia de un plante tan inflexible por parte de alguna otra Diócesis y observamos que se propaga la convicción de que no todos los intereses manejados son precisamente los evangélicos. Se ha escrito en Internet: “No es casualidad que todos los nombramientos episcopales de los últimos años en el Estado español se alineen con la derecha más agresiva y no es casualidad que Vd. sea tan ferviente nacionalista español y tan visceral antinacionalista vasco”. A José Arregui y otros les calmaría mucho el conocimiento y posterior reflexión sobre una sabia sentencia del filósofo republicano José Ortega y Gasset: “Declararse de la izquierda o de la derecha es una manera de ser imbécil, pues ambas son formas de la hemiplejía moral”.
Emplean Vds. la misma terminología metódica que los personajes resentidos de dudoso alcance, astutamente manipulados para crear disputas estériles entre la población y obtener algún provecho. Creemos que Mons. Munilla estima a su tierra y sus paisanos y que sabrá superar con elegancia las dicotomías izquierda/derecha, nacional/nacionalismo, liberalismo/colectivismo, etc. Nunca debería someterse a los dictados de ningún partido ya que todos se afanan en exceso por sus propios privilegios e intereses, con constantes promesas engañosas, coacción, mercadeo y numerosos casos de corrupción, con la consiguiente desconfianza entre los ciudadanos.
Esta triste situación, no exenta de cariz ideológico, está abriendo muchas heridas que tardarán en cicatrizar. Es de suponer que reciba llamadas y cartas amenazadoras e insultantes que intensificarán su sufrimiento moral. Suena a ironía que, tras muchas expresiones lacerantes que se le dirigen, se acabe tratándole de hermano y se le desee paz y bien.
Los programados desplantes del 9 de Setiembre, en Arántzazu, descalifican a sus autores y lo único que se está consiguiendo es perplejidad y rechazo hacia la Iglesia y especialmente a sus ministros. A propósito, hemos leído en el diario “El Periódico” del 22-09-10 el siguiente titular: “Efervescencia en Internet ante el viaje del 7-N. Los cristianos de base se movilizan contra el Papa”. Sin comentarios.
Esta forma de actuar no es nueva en la Iglesia. Traemos a la memoria las más recientes agitaciones en alguna institución religiosa así como individuos que creen poseer toda la sabiduría teológico-evangélica y van de profetas liberales y postmodernos para halagar a sus bases, en contraposición a los “poderosos guardianes de Roma, Madrid y sus secuaces”.
Ningún responsable resulta del agrado de todos, ni los que hemos tenido en la Diócesis pero, aún teniendo en cuenta algunas circunstancias, juzgamos descorteses e inmorales estos agravios públicos.
Se presta adhesión a otros movimientos como: religión laica, falso progresismo, relativismo en todas las áreas, insumisión, (iglesia popular / comunidades de base / cristianos por el socialismo), etc. Los resultados hablan por sí solos.
Con motivo de los excesos postconciliares, el gran Papa Pablo VI se refirió a la “autodemolición de la Iglesia” y en su alocución del 29-06-72 (Resistite fortes in fide) afirmó: “Ahí están la duda, la incertidumbre, la complejidad de los problemas, la inquietud, la insatisfacción, la confrontación. Ya
no se confía en la Iglesia, se confía en el primer profeta profano que nos venga a hablar por medio de algún periódico o movimiento social, a fin de correr tras él y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida…….Pensábamos que, después del Concilio, vendría un día soleado para la historia de la Iglesia. Por el contrario, vino un día lleno de nubes, de tempestad, de oscuridad, de indagación, de incertidumbre. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más unos de otros. Procuramos cavar abismos en vez de colmarlos…….”. Este texto trataba de cerrar el paso a las veleidades de entonces pero conserva plena actualidad.
Los siguientes Papas, tan dignos como el citado, han continuado empuñando el timón con mano hábil y serena, siendo igualmente su misión principal “confirmar a los hermanos en la fe” (Lc. 22, 32). ¿A esto llamamos autoritarismo jerárquico irracional? ¿O es que existe alguna institución que funcione formalmente sin un equipo directivo apto y unos estatutos apropiados a su finalidad?. Y es de confiar que, en planteamientos transcendentales, estén asistidos por el Espíritu de la verdad.
(Jn. 16, 5-16).
Todos se declaran hermanos y fieles seguidores de Jesús. Todos creen poseer la receta mágica para superar los males heredados. Todos, ignorando otros textos, citan los que les convienen para justificar su postura dentro de una Iglesia que consideran opresora. “Los dogmas y magisterio no los puso Jesús. Prohibió que nadie se llamara maestro o padre. No designó “papa” u obispo alguno”, afirman.
Nosotros deducimos que tampoco nombró sacerdotes, diáconos, teólogos, etc. ya que, de los siete sacramentos reconocidos en el 2º Concilio de Lyon y el de Trento, el del Orden y otros tres no aparecen instituidos explícitamente en los Evangelios. No fundó ninguna congregación religiosa. No mandó construir catedrales, templos, santuarios, conventos etc. No habló de las festividades fijadas en el calendario litúrgico. No dijo que María era madre de Dios. No inculcó la devoción hacia Ella ni recomendó el rezo del rosario u otras oraciones, especialmente en los numerosos montículos en los que se asegura que apareció. Para colmo, tampoco mencionó la Misa dominical presidida por un ministro consagrado. Y muchísimas cosas más.
¿Ha llegado la hora de prescindir de todo este lastre?. Nos tememos que a algunos les entre la tentación de salir de la iglesia, rápidos y libres como las golondrinas que revolotean en el cielo de Arántzazu.
No poseemos conocimientos suficientes para competir con Vds. en Teología o Historia de la Iglesia pero sí en sensibilidad, lealtad y respeto hacia las personas, nos gusten o no. Nadie tiene derecho a exigir lo que cada uno no es capaz de dar; en este caso, la humildad.
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos; si tenéis caridad unos para con otros” (Jn. 13,35). Según este mandato, ¿No deberíamos sentirnos avergonzados?. Sin esta condición, podemos estar seguros de que cualquier intento de reforma, en un sentido u otro, nada nos aprovechará. Así lo dice San Pablo en 1 Cor. 13.
Firman: unos cristianos disgustados


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