En ésta época de crisis hay que llevar a cabo numerosos ajustes en la economía, para así evitar que la situación de los ciudadanos empeore y lo haga también el país. Esto es obvio, ya que es la clase obrera la que empuja el país hacia el progreso, o la que simplemente lo hunde. Pero yo como ciudadano me siento minusvalorado cuando el gobierno se refiere a mí como si yo solamente fuera una pieza de esta unidad motriz que se creen que somos la sociedad. En ocasiones, me veo como uno de tantos bueyes y mulas domesticados y reprimidos que no hacen más que tirar de un carro pesado, de mala tracción y que no sabemos ni a dónde demonios va. La única diferencia es que a estos esclavos cuadrúpedos los cohíben con quemaduras y a varazos, y a nosotros con el espectáculo.
¿Acaso el agricultor espera que una de tantas mañanas que se dispone a labrar la tierra le diga el burro que no piensa seguir tirando del arado, que no hay derecho, que se aprovecha de él y todas esas cosas? Sería una pintoresca situación que, sinceramente, me aterraría. Lo mismo piensan nuestros gobernantes, y sienten el mismo temor ante las posibles revueltas que pudiéramos organizar. Las medidas preventivas se rigen por una regla de oro: mantener la sociedad conforme y contenta.
Da lo mismo que los Expedientes de Regulación de Empleo hayan arruinado la vida a miles de personas, que mientras el Peñaranda de Bracamonte F.C haya subido a Segunda B, estarán satisfechos. Si a la sociedad se le quita felicidad por un lado, se le da por otro, ya que es felicidad al fin y al cabo, ¿no?
Abrimos el periódico el día que en Afganistán han muerto un centenar de personas por un atentado terrorista sin precedentes. Un crimen horrible y sangriento; una ofensa a la raza humana. Y allí están nuestros soldaditos, tomando parte en esta carnicería, en un bando o en otro. Pregunta de oro: ¿qué aparece en la primera plana del periódico en cuestión? Sí señor, que el pobre Cristiano Ronaldo ha sufrido una micro-rotura y que es duda para el encuentro del domingo. ¿Para qué criticar la acción de los militares españoles en aquéllos países? ¿Para qué denunciar la repulsiva situación en Afganistán? Si a nosotros no nos importa... ¿Qué más nos da?
Nos ciegan y nos dejamos cegar. Es más feliz el ignorante que aquél que conoce la realidad. Porque, sí, la realidad está allí afuera. Que cada día mueran ochocientos niños en el África Subsahariana por no poder pagar la sanidad pública es una realidad; y doce mil en todo el mundo de hambre es otra. Doce mil. ¡Qué fácil es escribirlo y qué difícil verlo! Eso sí, querida sociedad, no pague un euro al mes a alguna ONG para mitigar y reducir estas cifras y serenar su conciencia; tranquila, puede pagar sin temor alguno esos cincuenta eurillos de la entrada al partido. ¡Vaya usted!, el mundo se lo agradecerá.


