Donostia huele fatal demasiado a menudo. La madrugada del pasado domingo, 23 de enero, me despertó un olor nauseabundo que había penetrado hasta mi habitación, es el olor que, según el viento que sople, llega desde el Vertedero de San Marcos.
A las 10 de la mañana salí a dar un paseo por la Zurriola y al llegar a Sagües, también 'por culpa del maldito viento', se sumó el pestazo de la colonia de gatos que campan por las rocas del mítico muro. Y para colmo, también se pueden oler los regalitos que van dejando algunos canes y que sus incivilizados dueños no recogen, incluso te puedes llevar puesto 'el tufo' a casa, pegado a la suela de tu calzado, si no andas espabilado. Con todos los esfuerzos que se están haciendo para que Donostia consiga la capitalidad de la cultura europea esto no es compatible ¡no señor Odón!


